Financiar al Sur Global es fundamental para avanzar en justicia climática y social, garantizando que los recursos lleguen a quienes más lo necesitan y se generen soluciones inclusivas.
Por Vitor Hugo Neia*
La COP30, programada para noviembre de este año en Belém (Brasil), le otorga al país una oportunidad rara: colocar las soluciones de los territorios amazónicos – y de todo el Sur Global – en el centro de las decisiones sobre clima y biodiversidad. Redes de fondos comunitarios latinoamericanos, africanos y asiáticos ya canalizan recursos directamente hacia quienes protegen los ecosistemas y enfrentan eventos extremos. Al redistribuir poder y capital, redibujan la arquitectura del financiamiento climático, demostrando que las soluciones surgen en los territorios y solo requieren flujos financieros ágiles y basados en la confianza para escalar. La COP30 puede consolidar ese giro.
La urgencia de un nuevo pacto de financiamiento climático se vuelve evidente frente a hechos recientes que revelan la gravedad del escenario. En 2024, el mundo registró el año más caluroso de la historia, con la temperatura media global superando el umbral de 1,5 °C respecto al período preindustrial. Al mismo tiempo, proyecciones indican que las economías emergentes necesitarán al menos 11 billones de dólares en inversiones de aquí a 2030 para garantizar acciones de adaptación y mitigación. A esto se suma que la filantropía destinada a la crisis climática aún representa menos del 2% de los recursos privados globales – y, de ese monto, apenas un 10% llega a iniciativas comunitarias, mientras menos del 1% alcanza directamente a pueblos indígenas, protagonistas en la preservación de ecosistemas críticos. El paradoxo es evidente: quienes más protegen y más sufren siguen al margen de los principales flujos de capital.
En este contexto, cobra relevancia La Casa Sur Global, plataforma que reunirá redes de fondos comunitarios de América Latina, África y el Sudeste Asiático durante la COP30. Al actuar como puente entre grandes financiadores y organizaciones locales, la iniciativa demuestra que es posible articular inversiones ágiles y basadas en la confianza, directamente hacia quienes ya desarrollan soluciones en sus territorios. Cuando comunidades amazónicas, quilombolas y periféricas reciben recursos de largo plazo, avanzan simultáneamente en la restauración de biomas, la generación de ingresos de bajo carbono y la reducción de desigualdades.
Sin embargo, alcanzar escala requiere nuevos compromisos. El sector privado brasileño debe reconocer que su competitividad futura estará directamente ligada a cadenas productivas descarbonizadas y a territorios resilientes. La filantropía nacional debe ir más allá del asistencialismo puntual y destinar una mayor proporción de sus presupuestos a la crisis climática, adoptando métricas transparentes y horizontes de largo plazo, con planificación para una década o más. A su vez, los formuladores de políticas públicas pueden impulsar este movimiento creando incentivos fiscales, instrumentos de crédito verde y marcos regulatorios que prioricen iniciativas comunitarias.
El planeta ya ingresó en una zona de peligro climático. Lo que está en juego no es solo la temperatura media, sino la posibilidad de que pueblos enteros construyan un futuro en el que desarrollo y conservación avancen de la mano. Financiar el protagonismo del Sur Global es una condición indispensable para que la COP30 se convierta en un verdadero punto de inflexión, y no en otra conferencia más de promesas postergadas.
*Vitor Hugo Neia es director general de la Fundação Grupo Volkswagen, institución en la que trabaja desde 2018. Magíster en Historia Social por la Universidad de São Paulo (USP), posee amplia experiencia en planificación, gestión y ejecución de iniciativas en el tercer sector, con énfasis en proyectos de inclusión productiva, desarrollo comunitario y reducción de desigualdades sociales.
Porque sitúa en el centro a quienes protegen los biomas y enfrentan eventos extremos, posibilitando acciones lideradas localmente que combinan conservación, medios de vida de bajo carbono y reducción de desigualdades en los territorios.
Al redistribuir poder y capital mediante redes y fondos comunitarios, el financiamiento basado en la confianza acelera la escala de las soluciones y puede convertir a la COP30 en un verdadero punto de inflexión para el clima y la biodiversidad.
Existe un subfinanciamiento crónico: la filantropía climática sigue siendo una fracción de los recursos privados y poco llega a las iniciativas comunitarias y a los pueblos indígenas, pese a su papel decisivo.
Persisten barreras estructurales como la burocracia, exigencias desconectadas de la realidad local y la volatilidad de los flujos internacionales, lo que exige nuevos compromisos, métricas transparentes y horizontes plurianuales.
Las inversiones directas y ágiles en fondos locales y comunitarios reposicionan el protagonismo de los territorios, fortaleciendo la gobernanza comunitaria y soluciones con co-beneficios sociales, ambientales y económicos.
Conectar a grandes financiadores con organizaciones de base mediante plataformas como la Casa Sur Global ayuda a reconfigurar los flujos de recursos y a ampliar los impactos en adaptación, mitigación y resiliencia rumbo a la COP30.
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