Durante la London Climate Action Week, quedó claro que el problema no es la falta de capacidades en el Sur Global, sino la falta de confianza. Es momento de redefinir el riesgo, redistribuir el poder y financiar directamente las soluciones lideradas por las comunidades.
Este artículo fue publicado originalmente en LinkedIn.
Por La Casa Sur Global.
Mientras Londres enfrentaba una intensa ola de calor durante la London Climate Action Week (LCAW), los debates sobre financiamiento climático adquirían un simbolismo difícil de ignorar. El clima extremo vivido por una de las principales capitales del Norte Global hizo aún más evidente una realidad que las comunidades del Sur Global enfrentan desde hace décadas: la crisis climática ya no es una amenaza futura, sino una experiencia cotidiana.
Fue en este contexto que una pregunta atravesó nuestro evento, Pathways for Resourcing Community-Led Climate Solutions, realizado el 23 de junio: si las comunidades locales, tradicionales e indígenas están en la primera línea de la protección de los ecosistemas y de la resiliencia climática, ¿por qué siguen recibiendo apenas una fracción de los recursos disponibles?
La respuesta está en la forma en que se ha configurado el sistema global de financiamiento, donde aún predomina la narrativa de que es necesario desarrollar capacidades en el Sur Global para que los recursos lleguen efectivamente a las comunidades en los territorios. Sin embargo, los debates desarrollados durante la LCAW demostraron precisamente lo contrario. El Sur Global ya cuenta con una infraestructura sólida, sofisticada y comprobada de mecanismos de financiamiento socioambiental, organizaciones con excelencia operativa y mecanismos de gobernanza capaces de distribuir recursos con eficiencia, transparencia y un profundo conocimiento de los contextos locales.
La cuestión, por tanto, ha dejado de ser la capacidad. Se trata de una cuestión de confianza, lo que también exige revisar un concepto que orienta prácticamente todas las decisiones de inversión: el riesgo.
Tradicionalmente, el riesgo se mide por la posibilidad de pérdida financiera. Pero esta lógica ignora el riesgo que enfrentan diariamente quienes viven en los territorios: la pérdida de bosques, ríos, modos de vida, seguridad alimentaria y, en muchos casos, de la propia supervivencia. Cuando solo se considera el riesgo para el capital, los flujos financieros terminan reproduciendo desigualdades históricas y alejando los recursos precisamente de quienes generan los mayores impactos positivos para el clima.
Redefinir el riesgo significa reconocer que los mecanismos de financiamiento liderados por el Sur Global reducen las incertidumbres porque operan desde la cercanía. Conocen los territorios, construyen relaciones de largo plazo, fortalecen a las organizaciones locales y acompañan la implementación de las iniciativas mucho más allá de los indicadores tradicionales de impacto. Esa proximidad convierte la confianza en capacidad operativa.
Otro aspecto muy presente en los debates de nuestro evento fue la necesidad de ampliar la mirada sobre qué territorios y poblaciones reciben atención internacional.
Al mismo tiempo, encuentros como los promovidos durante la London Climate Action Week revelaron otro activo que con frecuencia se subestima: la intermediación que construye relaciones de confianza entre financiadores, fondos locales y liderazgos territoriales. Es en ese espacio de diálogo donde circulan las experiencias, se comparten aprendizajes y las agendas comunes cobran fuerza para influir en las negociaciones internacionales.
El momento es especialmente relevante. A medida que crece el reconocimiento de que una transición climática justa depende de redistribuir el poder sobre los recursos, también aumenta la responsabilidad de los gobiernos, la filantropía corporativa y familiar, los bancos de desarrollo y los inversionistas de revisar la arquitectura financiera que sus organizaciones siguen reproduciendo.
Más que crear nuevos mecanismos, el mayor desafío es reconocer los que ya existen.
El Sur Global no espera para empezar. Ya financia, implementa, monitorea y transforma. El siguiente paso depende de un cambio de paradigma: menos intermediación, menos control basado en la desconfianza y más inversión directa, flexible, ágil y de largo plazo en las organizaciones que conocen los territorios porque forman parte de ellos.
En un escenario de eventos climáticos cada vez más frecuentes e intensos, financiar a quienes ya protegen a las personas y los ecosistemas ha dejado de ser solo una cuestión de eficiencia para convertirse en una condición indispensable para que la justicia climática deje de ser un discurso y se traduzca en acción.
La Casa Sur Global
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